¿Eres?

Muy pocos la verdad.

(No sabemos cómo).

 

Hace muchos años, cuando ya trabajaba como intérprete de lenguas, en Ciudad de Panamá —trabajaba y estudiaba otra carrera, ya que no había logrado registrar mi título universitario porque no era panameño, y no tenía eso que llaman, ‘idoneidad’—, me entró una llamada de una mujer cuyo tono de voz nunca olvidaré.

«Me acaban de violar. Necesito asistencia médica, y a la policía», dijo.

Exploté.

“Seguro que abriste la cabrona puerta”, grité para mis adentros, presionando el botón del ‘Mute’.

Inmediatamente, me manoteé el dorso de la mano izquierda, con la palma de la mano derecha —la cachetada que no podía darme—, e inicié un crudo diálogo interno.

—¡¿Qué te pasa?!

—No sé… (Humildito, y ya se me achurraba el alma).

—¿QUÉ TE PASA? (Más fuerte, aún).

—Estoy cansada…

—¿Por qué?

—Porque no he dormido.

—¿Por qué?

—Porque trabajo hasta la madrugada, y tengo que pararme antes de las 6 para llegar a la universidad…

—¿Por qué?

—Porque tengo que trabajar, y estudiar…

—¿Por qué?

—Porque tengo que trabajar, y estudiar.

—¿Por qué?

—Porque ya me pagaron una carrera, no me van a pagar otra, y no me van a mantener para que yo me pase la vida estudiando, y ¡necesito trabajar y estudiar!

—¿Por qué?

—Porque el título que tengo no sirve, porque tengo que sacar otro, porque todavía no tengo idoneidad, porque…

—¿Por qué?

—Porque tengo que tenerla, y poder entrar a un doctorado y…

—¿Para qué?

—Para poder tener un doctorado, y…

—¿Para qué?

—Para tener mi idoneidad…

—¿PARA QUÉ?

—¡Para ser ALGUIEN!

 

Y, en ese momento, me bajó el alma —y el argumento—, del pecho a la barriga, provocándome náuseas… Y algo más.

Ella ganó, y no contenta con darse cuenta de mi desolación, metió el dedo en la llaga.

 

—Si ‘tienes que’, todo eso, para ‘Ser alguien’… Entonces, no eres nadie.

 

Y, efectivamente, no me sentía nadie.

Y esa era mi rabia, en verdad.

Tanta, que no logré estar ahí para quien ilustraba el significado de la frase inglesa, ‘hang in there’ —que yo traduciría por un, ‘Aguanta un poquito’—: Había luchado y perdido, y estaba esperando a que llegara alguien que pudiera estar para ella, para permitirse derrumbarse.

Ese era el tono, y todavía lo recuerdo.

A ese punto, los lagrimones me corrían por la cara, y yo hacía lo posible por no transmitir eso en mi tono, al interpretar. Y es que, de algún modo, terminé la llamada, y mi turno.

Pero no me sentía nadie, aunque era.

Era una infeliz, y con esa vida no podía más.

A las pocas semanas hui a refugiarme a la Isla Colón, en Bocas del Toro, con la fantasía de permitirme ser, simplemente, feliz, como me parecían los mochileros que por ahí se paseaban.

 

No resolví nada con ello, pero ya sabía una gran verdad:

No ‘somos’, si no nos antecede alguna monería que valore la sociedad.

 

No tenemos permiso de ser.

Es mejor que sea niño/a, según prefiera mamá. —Si es ‘moral’ la doña, dirá, “La verdad no me importa… Después que venga sanito”. ¿Y qué pasa si no lo es? ¿Tiene menos probabilidades de llegar a ser?—.

Vale más que tenga belleza singular. Inversamente proporcional a la autoestima de papá.

Y asegurarse de agradecer todos los sacrificios de esos padres para con él/ella, convirtiéndose en ‘Alguien’, —un alguien de valor en el mercado; ‘Ingeniero’, ‘Doctor’, ‘Arquitecto’… —. (Si naciste en mis tiempos, no caben muchas opciones más).

Yo escogí estudiar psicología, lo que en mi casa equivalía a, “No quieres hacer ni mierda, ¿verdad?”.

 

Así nos crían.

 

Y yo conozco mucha gente que se presenta con un, ‘Mucho gusto, Ingeniero du Quel’ —pronunciado ‘ÍNGeniero’, para asegurarse de transmitir el sello—, que obviamente no tienen una autoestima saludable, porque si no dirían, “Encantado, me llamo Chencho…”.

 

Nadie sabe nada.

Ni sabrá.

Pero no es requisito para existir.

Muy personalmente creo que siento, luego existo. Y no hace falta pensar.

Soy, y eso basta.

¿Y tú? ¿Sabes que eres?

(Y lee bien, porque no hay error. No escribí ¿… qué eres? Eso no me importa).

 

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