El Perfume

La única vez que tomé una cosa que no era mía, me llevé una cuera, claro, y el título de ‘ladronzuela’, y no pude disfrutar de ello (ciertamente no correspondía)… Tenía ocho años, y fue un frasco —tipo miniatura— de un perfume, vacío, que tenía una tía de adorno sobre su cómoda. Yo tenía fascinación por lo pequeño y por los perfumes.

No recuerdo el antes, pero sé que después volvería a ser herramienta de castigo, siempre que no iba acorde con los criterios de mi madre. Así, cuando traje fracaso en el boletín de primer año de secundaria, me desapareció los 4 frascos de distintos perfumes que me habían regalado por mi cumpleaños, unos meses antes. (Además de los shorts, pantalones, y accesorios… Obligándome a vestir, únicamente, en batitas de estar por casa, hasta que subiera las notas).

Ah, el perfume…

Evocador y transportador

Un aroma se queda con nosotros, como estandarte de un entonces. Y yo tengo varios. Wings Giorgio Beverly Hills es el comienzo de la vida universitaria. Samsara de Guerlain; el regalo de graduación de secundaria que me hizo mi mamá de intercambio, es —o fue— esa elegancia que se repite (aunque anduviera en jeans, con un panty roto). Y digo ‘fue’, porque desde las restricciones a la tala de Sándalo, Guerlain se vio obligado a utilizar ingredientes sintéticos que, simplemente, no le llegan.

Pasé a Tuscany per donna, de Estee Lauder, como favorito, aunque lo descontinuarían poco después (vi que relanzaron, pero no tengo idea si olerá igual)… C`est La Vie, de Christian Lacroix es la adolescencia —y otro descontinuado—… Colors de Benetton es creerse adolescente…

Este último me enseñaría a respetar narices, cuando el chico que se sentaba detrás de mí en la escuela me pidió que, ¡por favor!, dejara de ponerme tanto, porque yo llegaba tempranito con esa vaina empalagosa que lo mareaba.

Comencé a perfumarme para mí; en el diafragma y vientre (para olerlo cada vez que iba a hacer pipí), detrás de las rodillas (para que suba sutilmente el aroma), en la espalda (para que se quede pegado, y pase a la ropa y las sábanas, sin imponérsele a nadie), pero, realmente, entendería a aquel muchacho trabajando yo en cruceros. Esos barcos funcionan 24/7, los horarios son rotativos, y me tocaría entrar a medianoche (o las 2 AM o las 4 AM), salir de mi cabina con sueño, cansancio y el estómago vacío, y toparme con esas filipinas bien rociadas de los splash más frutales y confitados de Victoria’s Secret.

Daban ganas de vomitar. Y me afectó a tal punto, que no pude usar perfumes por unos dos años.

Pero me recuperé. Y los disfruté tantísimo hasta que me salió el cuco. (Porque dicen, pues, que todos esos químicos en los perfumes hacen daño, así que fue lo primero que eché en una bolsa y le pasé a mi mamá, después del diagnóstico).

Olisqueando

Oler perfumes es regalarse experiencias.

Algunas realmente sublimes, como el verano de un Bergamote de The Different Company, irse de paseíto —totalmente abandonada— con los tours de I Profumi di Firenze, quedarse en el confort total de Aloha Tiare de Comptoir Sud Pacifique

Sentirse bonita en Child Perfume, deliciosa en Premier Figuier de L’Artisan Parfumeur, suntuosa en Datura Noir de Serge Lutens

Pasar de iris sencilla a gardenia coqueta, embarrándome Kai Perfume Oil… Y subirle a la finura, con un solo spritz de Silver Iris de Atelier Cologne, en el antebrazo…

Placer total. Y yo podría perderme el día entero husmeando a la distancia, en mi tienda online favorita del mundo mundial.

Pero también experimenté chascos horribles, por andar tirándomelas de Perfumista.

Y es que tuve mi periodo de catar perfumes, durante el cual gasté más de un sueldo solo en muestras —una aventura irlas eligiendo según la descripción olfativa, otra cuando te llegan, y otra ir de una en una con los frasquitos…—, Entonces me llegó aquel; listado entre las 100 fragancias que toda Perfumista debe probar, de Now Smell This (mi blog favorito sobre perfumes), y yo —ingenua y nada Perfumista profesional— corrí a untármelo en el antebrazo…

“¡Ay, no!, ¿Qué incomodidad es esta?”, pensaba, valga la redundancia, incómoda de verdad. Y es que yo no era yo. “¿Qué carajo es esto?”.

Era, al fin, como lo describiera Gabriel García Márquez —en la voz de Fermina Daza, de su novela El Amor en Los Tiempos del Cólera—,“… un olor imposible de definir, porque no era de flores ni de esencias artificiales, sino de algo propio de la naturaleza humana”.

¡Aquella vaina tenía comino! (Perdón, como diría un Parfumeur ‘notas de comino’).

Un carajo. Olía a concha negra, y sobran más explicaciones.

¿Quién se perfuma con esas vainas (y con qué intensiones)?

Jamás lo sabré. Me restregué el brazo con buen jabón, como pude, y luego me lo froté con algodón y alcohol.

Nunca más.

Ahora me leo lo posible sobre las ‘notas’ de una fragancia, antes de olerlo del frasco, siquiera.

Y pensando sobre perfumes…

Uno siempre busca algo especial; diferente. Pero eso va en uno. Emperfumaos igual se huele a ti, pero mejor.

Nunca encontré ‘mi perfume’. Encontré un buen par, muy variador.

Me gusta analizar cuál va con qué temperatura y color, y así escogí siempre mi perfume del día. A veces buscando equilibrio, otras veces contraste.

Los gustos evolucionan, y, en mi caso, la discreción. Me gusta oler delicioso, pero no que me huelan en la distancia. Yo creo que la química personal es algo muy íntimo. (Y me cabrea que me dejen oliendo al que sea que me saludó. ¿Qué les hace pensar que uno los quiere en su piel? Ya de por sí, es falta de respeto obligarte a olerlos —un acto algo violento metérsete por la nariz a como dé lugar—, para que se te impongan encima (literalmente).

Nunca me emperfumo para atraer, me pongo lo que me gusta oler y oler y oler, yo.

Hay perfumes que traen memorias de… Otras vidas, creo, porque uno no logra ubicar qué, y simplemente no los toleras. O te encantan.

Hay perfumes según el lugar, y la ocasión, claro.

Y hay perfumes que huelen a vieja. O a puta. O a taxi…

Y siempre hay alguno que huele ‘a mí’.

(Este escrito es parte del Día 5 de #13DíasPorMí ).

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