Compartir

Dar es fácil, pero compartir son otros quinientos pesos. ¿Por qué?

A mi casa llegó esta gente una nochecita, con una caja de delicias de tal dulcería.

Mi madre los recibió a la mesa, para que comieran sentados, y se sentó a su vez, ofreciéndoles conversación como buena anfitriona, y… A ver comer.

Ahí se saborearon sin preguntarle si quería probar; no le ofrecieron, ni hicieron mayor mención del asunto —tan normal llegar a comer frente a otros, y a su casa, sin brindar, ¿verdad?—, salvo el hecho de que el lugarcito vendía sus confecciones bastante caras.

Así.

Pero no es la única anécdota que tengo así.

Tengo varias.

Hace años, por contarte una, después de la quiebra del Café que tuve en Bocas del Toro (otra historia que ya no contaré), decidí regalarle todo lo que quedó —galletitas, latas de leche evaporada, azúcar, mantequilla, cajas de té, platos y cubiertos desechables, y varias bolsas de etcéteras—, a una de las chicas que había colaborado conmigo, porque estaban por celebrarle los Quince Años a su hermana.

Yo misma había hecho las tarjetas de invitación a la fiesta, en mi computadora, cumpliendo con el favor pedido, y… Pasada la fiesta, cuando le pregunté a la muchacha si había dulce de cumpleaños —una debilidad mía, y me moría por un pedacito (yo no fui invitada al jolgorio)—, me contestó que el dulce que había sobrado era “solo para la gente de la casa”.

Así.

Me avergoncé, la verdad. “¡No debí haber pedido nada, coño! ¿Quién te manda?”, pensaba para mis adentros.

No les di algo para recibir algo a cambio, y me dio pena; sintiéndome feo de mí. Pero… No podía negarme a mí misma que tenía un ‘Pero’, bien atravesado entre las orejas, que no respetaba mis silencios.

Claramente todavía lo tengo, cuando aún lo recuerdo, ¿verdad?

¿Y la visita anterior?

¡Me! ¡Cabrió!

Le dije a mi mamá que esperaba que fuera la última vez que les ofrecía especialidades caseras a ellos. Y ya sabemos —o lo sabe todo el que nos conoce, y ellos en cuestión— que mi mamá cocina para dar amor. Es una de sus maneras, y todo el que llega recibe del amor de esas manos ya deterioradas por el calor de las pailas, ¡en abundancia hasta atiborrarse!

En mi casa nunca se le ha negado azúcar a nadie.

Entonces, ¿Cómo así? ¿Precisamente no ofrecerle a ella?

Me cabrió.

A mí, porque mi mamá —aunque sí le dolió—, a la próxima visita los recibió con el último invento de su estufa.

(Y yo emputada).

¿Resentida?

Tal vez ese sea uno de los temas a sanar.

 

Palabras. Resentir. Volver a sentir lo mismo que se sintiera…

 

“Es demasiado bueno como para no compartirlo”

Una vez trabajé para una judía —lo que es decir que la jefe era ella—, que un día sí (y otro también) me recibía con un, “Iris, ¡Tienes que probar esto!”.

Con los ojos brillantes de entusiasmo y una gran sonrisa, me alargaba un frasco con jalea de pétalos de rosa, un trozo de dulce de crema agria, un tenedor con limones encurtidos… Esperaba a que yo saboreara, y comentaba, “Riquísimo, ¿verdad?”.

Yo le agradecía, y le comentaba que me asombraba que me hubiera guardado una porción de aquello, a lo que siempre contestaba, “Es demasiado bueno para no compartirlo”.

Fue un choque para mí, que no he vivido bajo esa filosofía, pero me encantó, y quise adoptarla. Ello me llevó a cambiar mi definición de compartir, y de egoísmo.

 

Egoísmo Compartido

Algo tenemos todos (y muchos tipos de algo), pero compartir no es dar algo de lo que tienes, sino de lo que valoras. Y es así porque tuyo, realmente tuyo, es eso cercano a tu corazón, y compartir requiere abrir el corazón.

 

Alargar la mano sin abrir el corazón, no implica compartir.

 

En casa aprendí gran generosidad, pero no es cierto que en el fuero interno de quien soy —y de lo que me constituye (familia inmediata y extendida)—, eso que con honestidad se llama ‘egoísmo’, se haya derretido al calor de una sobremesa.

Y por eso este escrito.

Borrar.

Soltar.

Cambiar para mí, haciendo espacio en el alma para recibir inspiración divina… Y, de algún modo algún susurro he recibido, porque entiendo que eso que me ha pasado (¡eso que me han hecho!), lo he hecho igual.

Muchas veces.

Y, disculpa, pero me atrevo a apostar que tú también.

 

¡Escondemos lo que nos gusta para NO compartirlo!

 

Lo que valoramos; lo precioso y delicioso, lo medimos, se lo racionamos a los demás, e, incluso, se lo negamos al que sea…

Hasta la madre al hijo, el marido a la mujer, los amigos a sus amigos… Se puede llegar a conocer las debilidades del alma de una persona, observando a quien le comparten de aquello que han definido como ‘delicia’.

 

¿A quién siempre le guardas un pedacito de (tu cielo)?

 

Y consideramos que está perfecto y bien justificado, hasta que alguien ‘nos la hace’.

Entonces reaccionamos con la boca abierta y el corazón herido. O con el cabreo descrito arriba, que, seguramente, al leerlo resonó en ti.

Pero nunca estuvo perfecto, y ahora lo admito porque no he escrito toda esta paja para negarlo.

Dar de lo que te sobra es donación social.

Dar de lo que te sale fácil (o haces sin mayor esfuerzo) es colaborar.

Dar de lo que te piden es hacer un favor.

Dar de lo que no tienes es sacrificio –y de eso no estamos hablando.

Pero dar de lo que más quieres, valoras y aprecias… Eso es lo que yo defino como compartir, y poco lo hacemos, con menos pocos aún.

En esto somos selectos.

Escogidos.

Exclusivos.

¿Por qué?

Porque, además, somos egoístas.

Así, ofrecer de lo que apreciamos requiere que apreciemos a su vez a quien se lo vamos a dar. No es a cualquiera que vamos a darle algo que consideramos bueno. Esa persona tiene que identificarse con nuestro ego.

Porque El Alma no hace ese tipo de juicios.

 

 

Hoy quiero aprender

 

Y hay ciertas cosas que quiero recordar, más allá del compartir.

Primero, dejar de estar mascando entre mis lógicas, desquites que erosionan mi paz espiritual.

Cuando nos sirven sorpresas como las que te conté , queremos encontrar la manera de ‘hacérselas’ a ellos también… Mentalmente, porque, en realidad, no es que hagamos nada, ni haya nada que hacer. Es decir, en general, ahí queda la cosa, pero nosotros le damos vueltas al asunto hasta marearnos. ¡Hay que ser brutos!

Segundo, no insistirme en el compartir obligado con quien no me la siento, no creo que esa sea la lección que importa. Doblegar debilita, no expande.

Además, compartirse ricuras simplemente nos permite saber cómo sienten los otros con respecto a nosotros, y nosotros con respecto a otros. A veces no somos favoritos de nuestros favoritos, y… ¡Está bien!!!

Tercero, dejar de juzgar que dicho compartir es ideal solo cuando se practica según nuestra propia idea.

Sé que otros tendrán su propia definición de compartir y egoísmo. Y sé también que muchas veces estas personas ni siquiera se dieron cuenta de haber sido ¿egoístas?, porque en su mente las cosas están bien, justo así. Y aceptarse es respeto.

Pero, sobre todo, tener muy presente lo vergonzoso que es que aquello que pilinquiamos —sí, hasta de nuestros seres más queridos—, SIEMPRE es comida.

¡Comida!

En este ahora, tú y yo; con el culo grande, la panza lanza botones, y pesadez para andar…

Tú y yo, pagando para que nos reduzcan centímetros en algún centro estético, y amargaditos por no gustarnos bien…

Tú y yo, mortales todavía en tinieblas buscando La Luz…

¿Y si hoy compartiéramos como el sol?

(Este escrito es parte de Día 7 de #13DíasPorMí)

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